Callos del alma

Las paredes de la vieja cocina reflejan las llamas de la hornalla, la única luz que se vislumbra a esta hora de la madrugada. Una vez más, la misma olla de cada día, carbonizada por las altas temperaturas, espera que las manos callosas de Henra la depositen sobre el fuego. El constante trabajo físico que realizó toda su vida dejó esas marcas en sus manos. Aunque más son los callos que el desgaste emocional le produjo en el alma.

Si esa olla hablase… diría que ella, con solo 21 años, es la mejor cocinera que tuvo, no solo porque conoce las recetas al pie de la letra y sabe darle un toque diferente a cada plato, más diría que es porque deja todo en cada comida. No sabe hacer las cosas a medias. Nunca lo supo, ni siquiera de niña: claro, tampoco tuvo la oportunidad.

Si esa olla hablase… diría que fueron muchos los días en los que la vio desear dormir un poco más o tener un instante para elegir qué ropa se pondría, como cualquier chica de su edad. Cuando la prioridad es alimentar a 35 niños, sus “hermanos” de Sunshine (orfanato ubicado en Bangalore, al sur de India), aquella desgastada pollera floreada y la remera a rayas son su elección más atinada. Aceptó hacerse cargo de esta responsabilidad en su receso educativo. Luego, regresará a Pune, donde cursa sus estudios actualmente. Todos los días, a las 5 de la mañana, el despertador le recuerda que no nació en cuna de oro. A decir verdad, que no tuvo cuna, ni habitación propia, ni nada que pueda considerar de su propiedad.

Es hora de preparar el desayuno y, aunque debe poner toda su dedicación para lograr la consistencia exacta del idli (especie de pan a base de arroz), en su interior sabe que esta vez lo hace con amor. Poder elegirlo no es asunto menor. Mientras amasa la mezcla, su mente se remonta a esos días en los que apenas alcanzaba la mesa y debía preparar la comida para toda una familia, que no era la suya. ¿Qué pasaba si no lo hacía? Quién podrá saberlo. Lo que si se puede saber -porque me lo contó en una charla casual- es que la amenzaban con cigarrillos prendidos para que lo haga; y que solo podía comer si quedaban sobras. Con los ojos humedecidos, su mirada vuelve a encontrarse con la mezcla y continúa amasando.

Alrededor de 11 años pasaron desde que salió de ese infierno y todavía le parece ayer. Pero no hay tiempo para pensar, aún debe saltear las verduras para el arroz y los chicos deben desayunar antes de salir para el colegio. Con cuidado, coloca en la olla los vegetales que parece haber cortado con regla. Prende el fuego y mira a su amiga de las mañanas. Las llamas cotidianas formaron en su exterior una capa de carbón y, gracias a eso, los alimentos se cocinan mejor. Henra se siente identificada. La capa que se fabricó con el dolor de estos años también le ayuda a no quemarse más por dentro.

Si esa olla hablara… contaría que, aunque muera de sueño y cansancio, nunca, nunca, abandona la cocina sin limpiar a fondo lo que ensució. Luego, irá a cambiarse. Pero esta vez se pondrá una ropa aún más estropeada, ahora le toca trabajar en el campo -en Sunshine tienen algunos metros cuadrados de tierra en los que cultivan vegetales para vender-. Aunque hay una persona responsable, todos los chicos ayudan a cuidar las plantaciones-. ¿Claudicar un día? Nunca podría considerar esa opción. Entendió que para vivir se debe trabajar y, si es necesario, sin descanso. Es extraño porque acá nadie se lo exige (no es su obligación porque ya no vive permanentemente en Sunshine); ni “Mummy”, la directora del hogar, que aunque deja claro que no tiene preferidas, Henra puede tocar su corazón como ninguna otra.

Y allí, en el campo, en medio de una plantación de ajíes, finalmente nos “encontramos”; aunque ya nos habíamos visto y habíamos entablado muchas conversaciones, ella siempre se escabullía cuando la charla apuntaba a su vida. Es que sus callos le habían ayudado a olvidar, al menos a no detenerse a recordar. Ahora, penetrarlos implicaría dolor. Pero de pronto se atreve a contestar la recurrente pregunta: ¿cómo llegaste a Sunshine? Luego de un suspiro seguido de la exclamación “es una larga historia”, comienza a relatar: “Mi papá falleció, mi mamá se volvió a casar y nos abandonó”.

La madre puso a su hermana mayor en un convento y dejó a Henra a cargo de su abuela, quien a su vez la “dio en adopción” a una amiga. La honorable señora la hizo trabajar en su casa como esclava. Henra no recuerda que edad tenía, quizás su inconsciente le dictó que esa era una buena forma de dejar el pasado atrás. La directora del hogar, haciendo algunos cálculos, cree que por ese tiempo ella tendría alrededor de 4 años.

Un día, un hombre visitó a la amiga de la abuela, le sorprendió lo bien que trabajaba Henra y se ofreció “desinteresadamente” a hospedarla en su casa, donde volvieron a utilizarla como sirvienta. De todas formas, Henra estaba feliz porque tenía un lugar donde dormir y este hombre la trataba bien. Al tiempo el señor falleció. Por un momento, Henra detiene su relato, y mientras su mano juega con un ají, dice con una mezcla de angustia y resignación: “Ese fue el comienzo de mi pesadilla”. La esposa y los hijos del amable señor no la querían y tampoco les interesaba mucho demostrarle compasión. La leyenda de la cenicienta se convirtió en realidad y ella tenía que atenderlos como le demandaban si no quería que los cigarrillos con los que la amenzaban le dejaran marcas en su cuerpo. Muchas veces no lo pudo evitar, lo dice una cicatriz que lleva en su mejilla. Además, no la dejaban salir a ningún lado, ni siquiera a la iglesia cristiana a la que pertenecían -una muestra más de las ironías de la vida: gente que profesa una religión sin conocer a Dios-.

En cierta ocasión llegó de visita la amiga de la abuela que la había cuidado en primer lugar. La familia cometió el “error” de dejarle abrir la puerta y ella le contó todo el calvario que estaba viviendo allí. La señora prometió buscarle una solución y esa promesa mantuvo a Henra en pie durante los siguientes meses. También le rogó al “Dios bueno”, ese en el que ella si creía aunque no tuviese religión -otra ironía de la vida-. Finalmente, el hijo de la señora sacó a Henra de la casa y la depositó en una escuela con internado. Con aproximadamente 10 años, edad que no se puede saber con certeza, nunca había pisado un colegio; y aunque terminaba una tortura para ella, otra odisea comenzaba: compartir la clase con niñas cinco años menores. “Esa fue la peor experiencia que tuve -asegura Henra-. Solía darme mucha vergüenza, me escondía de las personas, nunca pude hacer amigos. Pero luego me abrí paso y acá estoy”. Un día, después de conversar con otra nena de Sunshine que atraviesa la misma situación, me comentó: “Le conté a ella sobre mí porque sé lo que se siente. Pero tiene que saber que se puede”.

Cuando llegaban las vacaciones en el internado, todos los alumnos se iban a la casa de su familia. Una de sus compañeras le preguntó a dónde iba ella. Henra le contestó que a ningún lado, que no tenía dónde ir. “Creo que voy a estar acá para siempre”, aseguró entonces. La compañera la invitó a ir con ella a su casa y Henra le dijo que no porque tenía que pedir permiso, a lo que la niña respondió: “Y si no tenés a quién pedir permiso”. La mirada de Henra parece aseverar: “Y sí, ella tenía razón”. Finalmente, fue a la casa de la amiga. Los padres de la niña se compadecieron y decidieron buscarle un hogar. Con unos 12 años de edad (se estima), un bolso cargado de ropa y otro de decepciones, Henra llegó a Sunshine. Como nadie sabía a ciencia cierta cuándo había nacido, acordaron unánimemente celebrar su cumpleaños el día de su llegada al hogar: 28 de septiembre. Quizás para ella, más que su fecha de llegada al mundo, importa la fecha en la que comenzaron a amarla. “En el hogar disfrutaba de todo -afirma Henra extasiada-: de la comida, de la gente nueva. Era como venir de un lugar en donde no tenía nada y llegar a otro donde tenía todo”.

Mientras habla, no deja su tarea de cosechar ajíes, aunque por momentos se detiene para elaborar una respuesta más completa. De todas maneras, mira al horizonte. Le cuesta encontrarse con otro rostro cuando tiene que hablar de ella. Lo mismo le sucede a diario. “Es la primera vez que me abro a una charla más profunda, me cuesta mucho hacer amigos”, comenta mientras revisa si el ají está “full red”, como para arrancar. Las emociones no son lo suyo, ella solo sabe demostrar amor con acciones. Detrás de sus lentes y de su brilloso cabello azabache, esconde unos tímidos ojos negros. Le ayudan a disimular la vergüenza su hermosa sonrisa con perfecta dentadura y los hoyuelos que se le forman en las mejillas. Tanto le cuesta expresar sus sentimientos que busca acercarse a alguien corrigiendo alguna cosa que esté haciendo mal: el trabajo es la única excusa que encuentra para compartir.

Cuando el tema sentimental se presenta en la charla, dice que se prometió a sí misma no tener novio hasta terminar la universidad; puede que tampoco se anime. Cuando tu madre te abandona para casarse, difícil es que veas al amor como un lindo cuento en el que las cosas salen bien. Pero sí cree en el amor de Dios, amor que creció durante su estadía en Sunshine. “Si no fuera por Dios, nunca estaría acá -asegura-. A pesar de mis errores, vi su amor y su gracia hasta ahora”. Conoció más a Dios en el colegio, que se ubica en el mismo campus del hogar, y en la iglesia a la que la llevaban cada sábado. Pero su espiritualidad maduró con las reuniones que compartía con sus “hermanos” del hogar, donde el tiempo para cantar parecía nunca alcanzar. Tal vez sea por eso que para comunicarse mejor con Dios eligió ese canal: la música. Canal que también usa para volcar sus emociones. El piano es ese mundo en el que sus manos bailan al ritmo de su corazón.

Tanto le apasiona la música que la escogió como profesión. “Todo en mi vida fue desafiante y Dios me recompensó. Así que elijo algo desafiante porque sé que Dios me bendecirá a través de esto”, afirma Henra de forma contundente. Hoy, a 10 años de su llegada a Sunshine, es una chica universitaria. Cursa Profesorado de Música en la Universidad Adventista Spicer, ubicada la ciudad de Pune. En las vacaciones regresa a Sunshine. Pero, como debe costear sus estudios, trabaja como asistente en una clínica odontológica cercana, además de prepararles el desayuno a los chicos del hogar. “Yo tengo que arreglármelas sola -asegura-; y trabajar para tener mi dinero, porque no tengo a nadie que me ayude”. Todavía, encuentra un tiempo para enseñarles piano a los más chiquitos. En la última fiesta de fin de año de Sunshine, sus tres alumnos presentaron partes musicales que aprendieron con ella. Cuando le pidieron que introdujera la sección, no quería hacerlo. Finalmente, con la cabeza medio gacha, anunció: “Estas son las piezas que los chicos estuvieron preparando todo el año”; y, evitando el protagonismo, desapareció de escena.

El trabajo en el campo terminaba; ya no había ajíes por recoger ni fuerza emocional para responder más preguntas. Accedió a que publicara su historia, no sin antes suplicarme que no apareciera su rostro. Acepté agregando que cambiaría su nombre. Es que entre las marcas que lleva en su interior figura una situación que la expuso demasiado: con la buena intención de contar una “impactante historia”, ciertas personas filmaron una entrevista con ella y viralizaron el video. Quizás ellos no sabían que en India los niños de castas inferiores prácticamente no tienen posibilidades de superarse, de ser alguien. Algunos de ellos, como Henra, lo consiguen, pero deberán repetirse todos los días de su vida que realmente lo merecen. Si una persona de una casta superior ve su progreso, podría jugarles en contra. Y a ello hay que sumarle el hecho de que es mujer y que acá la mayoría de los matrimonios se arreglan: los hombres deciden y las mujeres pagan la dote; razón por la que cada año, se estima, millones de niñas son abortadas o dadas en adopción. Incluso, si Henra algún día considerara casarse, un hombre que conociera su historia podría descartarla como posible esposa.

Antes de despedirnos, busco la forma de hacerle la pregunta más difícil. ¿Querés ver a tu mamá de nuevo? “Sí -responde con dolor-, necesito encontrarla. Al menos necesito saber quiénes fueron mis padres”. Y en cuanto a las hermanas (ahora son dos: se enteró que la madre tuvo otra hija con el nuevo matrimonio), dice que le gustaría mucho encontrarlas. Solo que aún le resta averiguar dónde están. De todas maneras, probablemente esa sea la dificultad menor. El camino emocional será el más largo a recorrer.

Pero más allá de su pasado, hoy Henra puede celebrar que tiene una vida. Una vida construida con esfuerzo, trabajo y golpes -que intenta cubrir con su coraza de fortaleza-. Pero tiene una vida que ama. Y lo mejor es que la quiere seguir construyendo. Su sueño es convertirse en una excelente maestra de música para conectarse con muchos niños. Y, mediante ese lenguaje, transmitirles la esperanza que ella encontró. No es casualidad que una de sus músicas preferidas es la que interpreta aquí:

La canción se titula “In dreams” (de Roy Orbison) y habla de un sueño que termina cuando el día comienza. En la historia de Henra podría escribirse una segunda estrofa: ese sueño se convirtió en realidad, esa oración fue escuchada. Puede que, sin conocerla aún, susurraba esta melodía en su infancia, mientras trapeaba los pisos de sus amos.

“Cierro mis ojos
Y me dejo arrastrar
Hacia una noche mágica
Digo suavemente
La silenciosa oración
Que dicen los soñadores”