El antídoto contra el dolor

El ritmo, por momentos, no permite detenerse. Ni siquiera para quejarme del calor de Bangalore ni del festín que los mosquitos se hacen con mi cuerpo. Los nenes gritan órdenes. Es su forma -triste forma- de comprar en la cantina del colegio Sunshine. A unos metros, mi mujer habla con un hombre que habla y sonríe como quien es libre de cualquier horario. Reparto un par de pochoclos, alguna dona de harina integral bañada en miel de caña y un que otro snack de arroz inflado, vegetales y condimento picante y ellos siguen hablando.

Pasa la corrida y, mientras sigo atendiendo, entiendo la sonrisa del hombre: mira el campus que comparten el orfanato y el colegio y cuenta que esa es su casa, que Sunshine marcó para siempre su historia. Y me dice que, si de verdad quiero conocerla, podría contarme más.


Algunas semanas después, Ravi Dass -tez negra, bigote paradigmático indio, sonrisa cálida- nos recibe a Patri y a mi en su oficina de Helping Hand. Esta organización sin fines de lucro, cuya sede está en el mismo campus de Sunshine, a metros de la cantina, se encarga de supervisar y asistir a este y a otros tres orfanatos de India. Ravi, a fin de cuentas, nunca se fue de casa.

Ravi -nombre común en India que alude al dios sol- llegó a Sunshine (en inglés “brillo del sol”) cuando tenía cinco años, acaso sin entender que, más que una mudanza, acababan de salvarle la vida. Su madre había muerto poco antes luego de que un perro rabioso la mordiera. Y su padre pronto decidió que no soportaría la responsabilidad de criar cuatro hijos. Su plan no consistía en dejarlos en la calle o en buscar ayuda: en lugar de eso iba a envenenarlos.

Una vecina en su villa se enteró de las macabras intenciones del hombre e intercedió: le recomendó entregar a los chicos a los Watts, un matrimonio estadounidense que comenzaba, con unos pocos niños, la historia de Sunshine Home.


Los recuerdos de la infancia suelen ser borrosos cuando se miran desde la adultez. Ravi no ahonda en fechas ni momentos puntuales, pero en los hechos sueltos que narra expresa gratitud. Dice que, en algún momento, se dio cuenta de que estaba en un lugar privilegiado: que tenía un buen hogar, que en su mesa había -a diferencia de otras mesas de la zona- buenos alimentos como sopas.

Ravi recuerda que, ya adolescente, revisaba archivos en una oficina de Sunshine. Y que, entre tantos papeles, se topó con su historia. Lo dice y casi no se inmuta. Le pregunto sobre el tema y responde calmado acerca de un momento de tristeza pero de un entorno que siempre supo contenerlo.

También habla de Sunshine como de un lugar en el que creció con un propósito en la vida: el de formarse profesionalmente y emplear sus capacidades para ayudar a otros. Porque sus estudios universitarios en trabajo social le abrieron luego la puerta a trabajar como oficial -encargado de monitorear y asistir en proyectos- de Helping Hand.

“No creo que haya alguien más capacitado que yo”, dice sin jactancia para referirse a esa cuota de sabiduría que da haber experimentado el desamparo en su infancia. Dice que ser parte de esa “cadena” de bienestar, de ayuda, lo llena de satisfacción.

Ravi cree que forma parte de una cadena de favores hacia quienes menos tienen. Y cree que no es el único eslabón de su familia. Como padre, dice, intenta inculcar a sus dos hijos una mirada atenta a las necesidades de los demás. Y su orgullo se palpa cuando cuenta algunas de las respuestas que tiene. Como cuando Corlin, su hija mayor, de unos 10 años, le pide dinero no para sus propios gastos, sino para entregar a quien ve en la calle. “Dale 10 rupias, no 5, ¿qué se puede comprar con 5?” le reprochó alguna vez a su padre antes de ayudar a un mendigo.


Para un periodista, la hoja en blanco se transforma en un temor. A veces, ese espacio vacío que antecede un texto me genera incertidumbre. Pero a Ravi le causaba mucho más que el pavor de no poder narrar un hecho periodístico. Lo aterraba no poder expresar en aquella carta todo lo que tenía para decirle a su hermana. Y no era para menos: a Sunshine Ravi había llegado con dos hermanas menores (la otra no llegó al orfanato y se crió en las calles de Bangalore) pero estas pronto fueron adoptadas por una familia canadiense.

Muchos años después, ya como universitario, Ravi intentó reencontrarse con ellas. No era algo sencillo, ya que los datos de la adopción no estaban disponibles para él. Era claro, una época previa a las redes sociales.

Tras mucho esfuerzo, localizó la ciudad canadiense donde ellas fueron adoptadas, pero su búsqueda parecía haber quedado trunca. En eso, un día le contó de su empresa a un pastor canadiense que visitaba India durante un viaje en auto que compartieron juntos. Creer o reventar, el pastor vivía en la misma ciudad de las hermanas de Ravi. Y las conocía.

¿Qué escribirle ahora que tenía el contacto? ¿Cómo hablarle al familiar más cercano pero a la vez el más lejano? ¿Cómo hablarle a quien compartía con Ravi el origen pero que se había criado en un mundo tan distinto? Ravi sobrepasó todos esos dilemas y reconstruyó su relación con sus hermanas, especialmente una de ellas, quien ya lo visitó dos veces en India (la otra comenzó reacia al contacto pero luego se acercó).

Las cartas entre Ravi y su hermana comenzaron a fluir. También las llamadas, que por entonces le costaban una fortuna al hombre que además de estudiante universitario trabajaba como cocinero.


Ravi habla de Sunshine como lo hace quien intenta vender un bien o un servicio: no deja mucho tiempo sin mencionar todas sus bondades. Dice que allí tuvo una cálida cama y la compañía de hermanos y hermanas (otros chicos huérfanos) que llenaron de afecto su niñez. También destaca que fue el orfanato el que le dio la oportunidad de completar su escolaridad.

Lo escucho y pienso en si tantas bondades de Sunshine acaso podrían mover en algo una balanza tan desbalanceada: si podrían contrarrestar la tortura de tener un padre que quiso envenenarlo. Lo pienso sin preguntarlo y él responde el interrogante de mi cabeza: dice que fue en Sunshine, a través del cariño de quienes lo cuidaban, de sus nuevos padres y de sus nuevos hermanos, que vio la mano de un Padre Celestial amoroso. Dice que fue gracias a conocer a Dios, de palpar el giro milagroso que este hizo en su vida, que decidió usarla en servicio de los demás. Una decisión que resultó en un antídoto para el dolor.