Un picado en Sunshine

Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol. 

Albert Camus

 

Hay pasiones transculturales. Se comportan igual en medio del caos indio o también en un pequeño pueblo del territorio argentino. El fútbol es, quizás, la expresión más clara de este fenómeno.


El dios hindú -panza prominente, sonrisa picarona- sostiene la vista y no se inmuta. Es lógico: es apenas una estatua sobre la vereda. Pero el hecho que ocurre a pocos metros tampoco sorprendería a cualquier persona. No es raro ver camisetas de Messi (celestes y blancas), aunque sea al lado de un salwar (atuendo típico por estas latitudes) y en un país donde es el cricket el deporte que despierta pasiones mayores. Ese toque argentino en el paisaje, sin embargo, es el el reflejo menos visible de que el fútbol también puede vivirse con intensidad en el medio de templos hindúes.


La estructura de Sunshine School, una escuela privada cristiana de unos mil alumnos, no difiere mucho de la de los colegios de Argentina. El patio central está rodeado por aulas, un camino lateral, el muro que da a la calle y una iglesia. Ese rincón medular es un manto de tierra cuyo polvo tiñe los uniformes de los alumnos durante el horario de clases. Por las tardes, hace lo propio con las zapatillas y los pies (la mayoría juega descalzo) de los chicos de Sunshine Home. Allí, esos once niños, de entre 5 y 16 años, recurren a un oficio tan instintivo como universal: corren piedras, acomodan ojotas o miden la distancia entre árboles para ensayar arcos.

Que “se juega como se vive” es una tesis comprobable tanto en las afueras de Bangalore como en el conurbano porteño. Acaso, mirar -y, por qué no, jugar- un picado en Sunshine es la mejor manera de entender las emociones de los niños; tan temperamentales, tan apasionados, tan efusivos.

Basta verlos correr hacia la cancha tan pronto perciben que la pelota está rodando. O apreciar cómo piden -cómo suplican- armar el picado apenas termina la hora de estudio.

Cuando la pelota comienza a rodar también quedan desnudas las pasiones infantiles. Su hambre de victoria se palpa en esos pulmones que trabajan más de la cuenta solo por sumar un gol, porque, para ellos, de eso depende el partido, la tarde, la felicidad, la vida.

Johny, que tiene apenas cinco años, solo quiere tocar la pelota, pasársela a quien sea. Juega acorde a esa época de la existencia en la cual no distinguimos nuestros amigos de los enemigos: pensamos que todos están de nuestro lado. Syreth y Kanooc, en plena pubertad, adolecen del mal contrario: desconfían hasta de su sombra y se encierran en gambetas y corridas solitarias.

Jugar un picado en Sunshine, ritual casi diario en este rincón de Bangalore, es una forma de la que los niños me hacen sentir querido, aunque nunca digan te quiero. “My team, my team”, es la exclamación con la cual se pelean para que juegue con cada uno.

Los pases -sobre todo los de Bisaki, o los de Gamar o Levin, algunos de los más chicos- me tienen casi siempre como principal destinatario. Como si el partido fuera apenas una excusa para interactuar conmigo, para decir -tal vez por ser la novedad, tal vez por ser mayor- que quieren compartirme su pasión.


Los niños, aunque nobles y buenos, no dejan de ser niños. Y el fútbol, en India o en Argentina, no deja de despertar los rasgos menos inocentes del temperamento. Quedó en evidencia el otro día, cuando un rechazo de Bisaki le pegó, accidentalmente pero con gran fuerza, a Gamar.

La víctima, tan dulce al pedirme un pase o al correr por una pelota que se iba de la cancha, ahora es pura ira. Corre hacia Bisaki (que desde que la pelota salió de sus pies no para de pedir perdón) para sacar lo peor que tiene y lo peor que pueden tener los picados: los golpes. Entonces, comienza el partido más difícil.

Freno a Gamar, le explico que los accidentes (en el fútbol y en la vida) pasan, y que hay que aprender a perdonar. Que en mi equipo -porque ese día el había ganado la pulseada y jugaba conmigo- somos amigos y perdonamos. Lo insto a que perdone y le dé la mano a Bisaki, quien sostiene su pedido de disculpas. Pero Gamar es puro silencio. Mira a la tierra sobre la que jugamos, mira al vacío. Ya no mira a la pelota. Se resigna a que no va a seguir el partido. Unos minutos más tarde, lo llevo afuera.


Quizás a los adultos nos hace falta algo de esa capacidad que tienen los niños para dar vuelta la página. Mientras algún noticiero se relame con el cruce próximo entre dos jugadores que alguna vez se agredieron mediante declaraciones o mediante golpes, Gamar y Bisaki -no recuerdo cómo esto sucede- juegan en mi equipo al día siguiente del accidente. Y, juntos, terminan de confirmar la teoría de que los pases también son una forma de hacer nacer (o renacer) una amistad.

Bisaki (izquierda) y Gamar (centro), esta vez como parte del mismo equipo.

Bisaki, que además de ser de los más bajos también es uno de los más flacos que juegan (tanto que casi todos sus huesos están en evidencia al quitarse la remera), aguanta la pelota en un costado de la mitad de la cancha y hasta allí arrastra varios rivales. Levanta la cabeza, me ve atrás y me la pasa. Con el arco lejano pero de frente, elijo tirársela a Gamar, que corre y, cuando escucha “shoot”, ejecuta la orden a la perfección: lanza el derechazo y la pelota se mete en ese arco falso formado por dos árboles. Lo mejor, sin embargo, no tiene nada de falso: Gamar voltea y, deja al desnudo sus dientes (blanquísimos, contrastantes con su tez) y le regala esa sonrisa, que es un canto a la alegría, a Bisaki, que le devuelve el gesto. Ambos seguirán acercándose, levantarán sus manos y chocarán sus cuatro palmas. Y el eco de ese festejo -y de ese cariño- sonará tan fuerte como el de un gol en pleno Maracaná.

 

 

* En Saamana, los nombres de los chicos son cambiados para preservar sus identidades.