Redimidos: serán lo que quieran ser

El paisaje tiene casi de todo, pero nada de encanto. En Kolar Gold Fields, las calles carecen del brillo que, cuentan, una vez hubo. Cada tanto, alguna camioneta último modelo se mezcla en los caminos -casi todos de tierra- con autos y motos y vacas del montón y le da a esta pequeña ciudad la única pincelada de vanguardismo.

KGF, esa localidad de 163 mil habitantes del estado de Karnataka, en el sur indio, luce apagada, monótona. Quienes recorren sus rincones a paso cansino no tienen con qué sobresaltar su mirada: una pila de basura, un par de casas desgastadas, alguna iglesia, otra casa desgastada devenida en comercio de alguna comida o cierta ropa, otra pila de basura, muchas vacas. También una estación de ferrocarril desolada que dos veces por día se llena de pobladores.

Casi todos los que toman el tren en la estación Champion lo hacen para trasladarse 80 kilómetros al oeste, hasta Bangalore, la capital estatal. Se estima que unos 25 mil habitantes de KGF trabajan en la meca tecnológica del sudeste asiático. En KGF, dicen algunos, ya no existen casi fuentes de trabajo. En KGF añoran los tiempos dorados de esas minas que cerraron en 2001, cuando el precioso metal se acabó y con él, también, la prosperidad del lugar.

KGF es el ejemplo perfecto de que, en algún lugar de las historias, las historias pueden cambiar. Que, como les pasó a Sheru (13 años), Rajeev (11) y Dalhia (8), tres hermanos oriundos de esta tierra, lo que se preveía de una manera puede terminar en otra. El de ellos, sin embargo, es un viaje inverso. La de ellos es la historia de una redención. En sus vidas, a diferencia de en KGF, se palpa la esperanza.


Aparte de las nostalgias, en KGF no queda nada que retrotraiga a los tiempos en los que su mina de oro era la segunda más profunda del planeta y un lugar clave para las aspiraciones británicas de seguir aumentando su riqueza.

En KGF tampoco hay vestigios de esos años -los primeros del siglo XIX- en los que la localidad se jactaba de ser la primera en Asia en contar con energía eléctrica. Los servicios públicos en KGF, en 2018, parecen quedados en el tiempo. En algunas zonas, tener agua corriente es un privilegio que solo se goza -¿se goza?- una hora a la semana. A Swetha y sus tres sobrinos les toca en la mañana del viernes.

La entrada de la casa de los chicos y el grifo de donde sacan agua una hora a la semana.


La sonrisa desconcierta. La expresión -dientes de blanco publicitario, ojos que lucen osadamente abiertos- no parece la de alguien que ignora por completo de dónde sacará dinero para comer el mes siguiente. Menos aún refleja la historia de tormentos que Swetha, su portadora, se apresta a contar.

Swetha y un rostro alegre cada vez que habla del presente y futuro de sus sobrinos..

Ese relato que verbaliza ante la cámara es capaz de transformar, en un puñado de segundos, todo su rostro: esos dientes blanquísimos que se exhiben sin vergüenza y esos ojos que hablan de esperanza mutarán en labios que se hacen preguntas, y en lágrimas que brotan súbitamente. Acaso la metamorfosis de esa cara refleja el viaje -lleno de derrapes- que varios años atrás comenzó a atravesar su familia.

Swetha habla -mientras su rostro cambia de forma- en su hogar de KGF: un living con dos camas sin colchones y paredes desgastadas, una cocina que no me remite a una cocina porque no tiene ni alacenas ni canilla ni pileta. Afuera, sus tres sobrinos -Sheru, Rajeev y Dalhia- juegan con un trozo de madera que hace las veces de bate de críquet. Mientras, la bisabuela de estos, la abuela de Swetha, mendiga.

La abuela de Swetha.

Swetha habla en Tamil, el idioma más común -aunque no el oficial- en este rincón de India. A su lado, Merina, una pobladora local, traduce al inglés sus palabras. Su rostro, sin embargo, no necesita de intermediarios para ser interpretado. No disimula sus alegrías ni sus esperanzas y -quizás lo más difícil- tampoco esconde su tristeza al recordar el pasado.


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¿Cuánto de nuestra historia es nuestra? ¿Hasta dónde vivimos la vida que decidimos vivir o decidimos sobre la vida que las decisiones de otros nos hacen vivir? Swetha no menciona estas preguntas y puede que nunca se las haya planteado. Pero cuando escucho lo que cuenta creo que bien podría haberlo hecho.

Es que su historia, en realidad, está unida a la de las angustias familiares. La primera, un cáncer, se llevó la vida de su madre, no sin antes robarse, también, buena parte de los bienes que contaban en el hogar. De golpe, los objetos que se atesoraban en la casa comenzaron a ser mercancías que había que cambiar. Primero para pagar los costosos tratamientos contra la enfermedad. Después, para poder comer.

Además de perder a su madre, Swetha tampoco tuvo la contención de un padre: el suyo, desde hace rato, cambió a su familia por la bebida. Desde entonces, la abuela de Swetha se hizo cargo de los hijos que este hombre había abandonado.

La tercera de las tragedias familiares que menciona Swetha -¿podrían haber más de las que menciona?- la afectó todavía más directamente. Su hermano, que había elegido esposa y había tenido tres hijos, también escogió al alcohol como amo y señor. Sus borracheras, cada vez más frecuentes, llenaron su hogar de una violencia que su compañera, la madre de sus hijos, no quiso -o no pudo- aguantar más: quitarse la vida fue la forma que encontró de terminar su suplicio.

Sheru (por entonces merodeaba los 6 años), Rajeev (4) y Dalhia (1) no solo perdieron a su madre. Porque la cuarta de las tragedias familiares vino encadenada: su padre -alcohólico, violento y ahora viudo- se convirtió en paciente psiquiátrico.

Lejos de pacificarse luego de la muerte de su esposa, el hombre se volvió más agresivo. Y, en su desesperación, hasta intentó emular el suicidio de la madre de sus hijos: su hermana lo vio a tiempo e impidió otro desenlace fatal.


Algunas rutinas pueden aguantarse por más tiempo. Pero esos 12 días le alcanzaron a Swetha para darse cuenta de que algo tenía que hacer. Fueron 12 jornadas en las que padeció, como una civil víctima de un fuego cruzado, las miserias que la guerra familiar había desencadenado. Durante el día, acompañaba a su hermano al hospital, donde se convencía de que los chicos, sus sobrinos, también habían perdido a su padre. Al caer el sol, al volver a su hogar y verlos como ovejas sin pastor, se percataba de cuán dañino podía ser esto. “Estaban dando vueltas por ahí, sin el cuidado de nadie. Les preguntaba si alguien les había dado comida…”, recuerda. No hubo más remedido que decirles la verdad sin mayores condimentos: “Tienen que entender que, desde ahora, soy la única que los cuida”. Se había cargado otra responsabilidad.

El concepto de familia en India, donde viven 31 de los 170 millones de niños huérfanos del mundo, a veces desconcierta. Para algunos, los lazos sanguíneos parecen inquebrantables. Para otros, en la vida todo pasa, incluso los hijos.

En cinco meses en la democracia más poblada del planeta, encontré algunos que entienden que su vida está indefectiblemente ligada a la de quienes portan su apellido. Preguntarles por sus cosas, por su bienestar, por sus planes, es preguntarles por su familia, por sus planes y actividades y vacaciones y salidas juntos. Algunas tradiciones están arraigadas en este principio de que la familia es lo primero. Porque aunque ya no todos los matrimonios se arreglan entre padres, los progenitores aún ostentan un rol fundamental para -en muchos casos- aprobar o vetar una relación. O porque, por ejemplo, se espera que las hijas se casen en orden cronológico.

En contraste con este paradigma familiar, en otros casos, el abandono es moneda corriente. Ghaitry y Bhavya tienen apenas 4 y 6 años y corretean por el patio de Sunshine como si fuera el de su casa. Acaso entendieron muy rápido que este orfanato de Bangalore es su nuevo hogar: su madre, viuda, se volvió a casar y dejó a sus cinco hijos, al cuidado de una abuela, que, desde hacía dos años pedía que admitieran a las dos menores en este hogar.

La entrada de la casa de los chicos, en KGF.

La familia de Sheru, Rajeev y Dalhia, quienes ahora también residen en Sunshine, cuenta con exponentes de ambos bandos. Viven entre el coraje de Swetha, quien decidió tomar la responsabilidad de criarlos, y la indiferencia de casi todo el resto. Algo que a su tía le genera indignación. “Están en casa desde hace dos meses y ninguno de sus parientes se acercó a saber cómo están, a interesarse por ellos”, lanza para referirse al tiempo de vacaciones escolares en el cual los chicos fueron a su hogar.

Entre esos parientes, además de tíos y primos, se encuentra su padre. “Da vueltas por el pueblo, siempre anda borracho”, dicen de él Swetha y Merina.

– ¿Y no viene a ver a los hijos nunca?

– A veces viene. Si se entera que hay algo de comer o entró alguna platita.


El volantazo que torció las vidas de los tres chicos llegó de la mano de Merina -la traductora- y su esposo, quienes trabajaban como profesores en el colegio adventista de KGF, donde luego el hombre fue director. Sheru asistía a esa escuela, aunque la crisis económica familiar hacía cada vez más difícil pagar su cuota. Swetha, entre lágrimas, narró su historia de pesares económicos y emocionales. Ellos comenzaron a hacer llamadas para que desde Helping Hand, una ONG que cuenta con cuatro hogares de niños huérfanos y pobres en India, dieran algún tipo de ayuda.

Merina es, posiblemente, la única ayuda con la que Swetha cuenta en KGF.

Esa ayuda llegó. Primero con becas escolares para que Sheru y Rajeev pudieran ir al colegio. Pero no alcanzaba: Swetha no podía cuidarlos a los tres, a su abuela y, además, generar ingresos para todos.

– Estoy sola con ellos, nadie más nos ayuda- dice en su casa de KGF.

Usará la palabra seguido: sola. Y se consolará en que al menos tiene un techo: “Vivimos en la casa de un tío, al menos la casa nos dieron, aunque nadie nos pregunta si estamos bien o necesitamos algo”. Con este panorama, Helping Hand consiguió sponsors (personas que se comprometen a pagar por la redención de niños huérfanos) para los tres chicos, quienes así llegaron a Sunshine Children’s Home and School, donde viven desde hace cuatro años. En el mismo campus transcurre casi toda su vida: allí se encuentra el colegio al que asisten de lunes a viernes, la iglesia en la que participan los sábados y el parque en el que juegan casi a diario.

 


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Para los sobrinos de Swetha, su desembarco en Sunshine, en junio de 2014, se olfateaba como otro capítulo de abandono en una historia que tenía mucho de eso. Acaso las explicaciones de su tía -acerca de tener un futuro, un techo y un plato de comida diario asegurado y una educación muy por encima de lo que ella era capaz de ofrecerles en KGF- no eran fáciles de digerir. Ella, por entonces su única certeza en un mundo que parecía burlárseles, también les decía que era mejor que ellos estuvieran lejos.

Cuatro años más tarde, en su oficina, Beulah, la directora de Sunshine, me contará que, al llegar, estaban “inseguros”, que no querían decir una palabra. Yo contrasto esa imagen con la que palpo a diario: la convicción que ellos muestran en sus dichos (que abundan) y sus acciones. Claro que esa inseguridad inicial duró poco: a escasas horas de haber arribado al orfanato ya estaban corriendo entre sus árboles y jugando con los niños -sus nuevos hermanos y hermanas- que acababan de conocer.

No obstante, esa fotografía, la de los chicos jugando, puede engañar. La adaptación a Sunshine no fue fácil. Los tres atravesaron dificultades para acomodarse a un colegio en inglés, lengua de la que casi no sabían nada. Leer y escribir fueron, por momentos, actividades sufridas.

– ¿Y qué tan conscientes son de lo que pasó con su madre y su padre? – le pregunto a Beulah. Ella me dirá que tienen muy clara la situación. Y que han logrado verbalizarla, aunque nunca en un nivel muy profundo, al menos en una charla con ella.


La cámara siempre invita a la pose, a los gestos cuidados, las frases retocadas. Por eso desconfío de las palabras de Swetha cuando me dice que Sheru es tan generoso que “si tiene una o dos rupias” (uno o dos centavos de dólar) y sabe que su tía necesita algo, no duda en sacarlas de su bolsillo y ayudarla. Pienso, cuando Swetha me lo dice con su sonrisa de dientes blanquísimos frente a la lente, que es una hipérbole, que ella resigna rigurosidad en pos de ensalzar a su sobrino mayor. A veces, sin embargo, la verdad es tan grande -como la dadivosidad de esta familia- que se olvida de las cámaras.

Esta vez, como tantas veces, la comida es el mejor vehículo que la solidaridad encuentra. Sobre todo, cuando lo que se tiene para compartir carece de abundancia. Swetha y sus sobrinos nos hacen pasar a una de las dos habitaciones de la casa, la que hace de living y de dormitorio, y -antes de que podamos desenfundar la cámara y pedirles que posen y que narren las atrocidades de su pasado- nos ofrecen para desayunar el mejor chapati de mis primeros cinco meses en India. Más tarde, Swetha cocinará un menú típico del sur del país: arroz, sambar (sopa con verduras y especias) y papad (una especie de galleta crocante frita hecha a base de arroz). El huevo frito será un agasajo del cual nosotros tomaremos -obligados- el doble que el resto. Las bananas del postre constituirán un gesto similar. “Cuando ellos se enteraron que venían, me dijeron: tenés que ir al mercado, y tiene que haber fruta”, nos contará Swetha mientras las comemos. Los chicos habían tomado nota de nuestros hábitos alimenticios.

Días más tarde, de regreso en el orfanato, los chicos volverán a recordarme que eso de que los niños son por naturaleza egoístas es una falacia. Rajeev abrirá un paquete nuevo de galletitas y me insistirá para que saque varias luego de buscar a cada uno de sus compañeros (los que están en la misma sala y los que no) y desgastar casi toda su golosina. Y Sheru llevará acaso al extremo eso de compartir: repartirá entre el grupo que lo rodea (y en el que me incluye) los pedacitos de maní que forman una barra Snickers.


Swetha también quisiera estar en Bangalore. El trabajo que le habían conseguido para limpiar baños en el colegio no solo le daba poco dinero: el médico le prohibió continuar su labor luego de que contrajera dengue. “Estoy acá porque mi abuela no se puede mover. Pero me gustaría ir a Bangalore, donde hay oportunidades de empleo. Acá solo consigo un puesto para limpiar baños, y no puedo hacer esto”, se lamenta Swetha, aunque casi nunca se lamenta. De hecho, busca no exclamar sus penas aunque no consiga un trabajo formal y aunque en los dos meses en los cuales los chicos la visitaron (el Estado obliga a que vayan a su casa en el receso escolar) estuvo al borde de no tener para comer. “No teníamos plata ni para una comida. En eso nos llama Merina, nos dice que Beulah le pidió que averiguara cómo estábamos y nos diera una plata si necesitábamos”, narra.

Días atrás de esta confesión, yo había escuchado la versión de Beulah: “Ella -Swetha- es una luchadora y no le gusta pedir. Sentí que tenía que averiguar si estaban con necesidades”. Nos miramos y, sin mediar palabra, concluimos que una ayuda tan oportuna -y tan vital- no obedece a casualidades.

Mientras tanto, Swetha admite que no sabe de dónde sacará el dinero para reponer la comida una vez que esta se acabe.


Sheru hace muchas cosas pero hace todas de manera similar: con pasión. Sheru corre por los extremos con la pelota en los pies -es un gran wing- como si de ese desborde dependiera su felicidad. Y corre con el bate de críquet en la mano como si, en lugar de hacerlo en el patio de Sunshine con sus amigos, lo hiciera en un estadio multitudinario. Y canta fuerte, como quien tiene la convicción de que Dios escucha esa adoración. Cava en la huerta con la certeza de que, si él no hace ese trabajo, nadie lo va a hacer por él.

A los 13 años, los gestos de Sheru desnudan su personalidad. Sus ojos claros, tan circulares, se abren cuando interroga como quien pregunta de verdad. Su ceño se frunce cuando algún dolor lo aqueja y su rostro se configura cuando tiene que discutir una jugada polémica en un partido (el control de su temperamento al jugar es uno de sus avances recientes). Sheru, también, se ríe fuerte, aunque se ría de caerse sobre una montaña de bosta en medio de una jornada de trabajo. Sheru sabe cómo adaptarse a las cosas que cambian.

Cuando llegó a Sunshine, cuatro años atrás, dice que hizo amigos con facilidad, que no le costó insertarse en su nuevo hogar. No sorprende: Sheru pregunta cuando siente necesidad, elogia cuando le nace, opina cuando cree, comparte cuando tiene.

En algún lugar del viaje -ignoro en cuál- dejó atrás las angustias de las tragedias familiares y decidió , posiblemente sin saberlo, caminar con la frente en alto. Tan alto que a veces me olvido el contexto difícil del que viene, incluso en medio de su casa en KGF. Allí, mientras esperamos el almuerzo, intento indagar con tacto cómo duermen en la casa. Pregunto quién ocupa una de las dos camas sin colchón de la habitación principal y me dice que su bisabuela. Interrogo por la otra, y me dice que su tía y su hermana.

– Ustedes con Rajeev en la otra pieza…- completo, con la suposición de que la habitación lindante, la cocina que no parece cocina, los alberga a ellos.

– Abajo -me dice mientras señala el piso sin inmutarse, sin bajar la frente. Yo me siento un imbécil.


Rajeev no parece tener once años: casi no grita, casi no hace revuelo. Aunque juega, no parece perder los estribos. Su rostro de rasgos maduros, de sonrisa cálida aunque medida, va acorde a su personalidad: educada, curiosa.

Cada tanto, me pregunta sobre Argentina, sobre “cómo es” algo en mi país. También indaga detalles de cada consigna: de ejercicios físicos por hacer, de trabajo en la huerta, de lecciones a aprender. Y fija los ojos tanto como la atención ante cada narración que se le cuente.

El críquet es la gran pasión deportiva en Sunshine y en India.

Ese interés y mucha disciplina, supongo, habrán sido los que lo llevaon a hacer grandes progresos en sus estudios: Beulah dice que, al principio, era el que más problemas presentaba en sus estudios.

También me sorprende cuando me cuenta sus aspiraciones, que tampoco parecen las de un niño de solo 11 años. Dice que, cuando termine el colegio, no quiere ser policía o bombero o doctor o empresario lleno de plata. Que lo que quiere para su futuro es ser pastor (líder espiritual).

En su casa de KGF, Swetha me cuenta que, allá, Rajeev también esquiva al estereotipo del pre adolescente. Que, a eso de las 5 de la mañana, se despierta a limpiar, con algunos amigos que logra convencer, los alrededores de su hogar.


Cuesta imaginarla triste. El rostro de Dalhia, con esa sonrisa crónica, con esos dientes rebeldes, revela acaso su actitud ante la vida: hace todo con intensidad y con alegría.

“Lo que más me gusta de Sunshine es la alegría de estar con mis amigos”, dice ante la cámara en su casa. Y, semanas después, demostrará que lo que dice ante la cámara no es una pose: con sus compañeras de Sunshine correrá, hará bromas, reirá. También lo hará con nosotros.

Para ella, sin embargo, no todo son risas y bromas. A sus 8 años, Dalhia es una niña con el orden impropio de una niña y con una amabilidad que no se encuentra seguido ni en niños ni en grandes: ella se acuerda de esa fruta que mi esposa quiere probar y, para el próximo encuentro entre ambas, se asegura de arrancar una del árbol.

Las chicas disfrutan de momentos de juego en el patio cada tarde.

Sus sueños son acordes a ese deseo de ayuda: quiere ser enfermera y trabajar como voluntaria en contextos desfavorables.

Quizás lo que más impacta de Dalhia es su nobleza. “El otro día me pidió perdón por algo que yo ni siquiera me había dado cuenta”, recuerda Beulah sobre ella.


Las necesidades básicas que Swetha no puede proveer a sus sobrinos no es lo que ella más valora de Sunshine. En toda nuestra visita, no menciona que en el orfanato de Bangalore no les falta comida o atención médica. Para ella, lo importante está en otro lado.

“Estoy orgullosa de que ellos hayan aprendido disciplina, que sean tan respetuosos, que hayan crecido espiritualmente”, cuenta y dice que para los chicos Sunshine fue un “regalo de Dios”.

Los árboles de mango son una marca característica de Sunshine.

También remarca la posibilidad de estudiar como una bendición suprema. Dice que, para instarlos a ir a Sunshine, les había señalado: “Mírenme a mi, que no completé los estudios y solo consigo trabajo limpiando baños. Si van allá, van a tener una buena educación y poder valerse por ustedes mismos”.

Swetha, además, no solo quiere que ellos “sean independientes y felices”. En su deseo más grande ella demuestra que, acaso sin haber completado estudios o trabajado en grandes empresas o viajado miles de kilómetros, entiende de qué trata el mundo: “Quisiera que ellos puedan terminar sus estudios y que puedan ayudar a otras personas, igual que las que los ayudan a ellos”.


Los chicos tienen sus amigos en el barrio. Mientras hablamos con su tía, algunos se acercan a la entrada y les conversan en Tamil. Sheru, Rajeev y Dalhia están lejos de ser niños estigmatizados en los alrededores de su casa. Merina nos cuenta que “sus amigos los envidian” porque ahora, además de tamil, canarés y algo de hindi, hablan un fluido inglés.

Pienso en eso mientras, en Sunshine, los miro con sus uniformes del colegio, mientras hablan de su futuro como profesionales, de un mañana en el que ayuden a otros. Los contrasto a ellos, “muy sucios e indisciplinados”, como dicen que estaban antes, con esos chicos amables que tienen un plan para los próximos años y un presente cargado de dignidad. Los miro levantar palas en el campo o bates de críquet o libros de texto y contemplo chicos que, lejos del resentimiento que les hubiese sido tan comprensible, escogieron ese amor y solidaridad que derraman en su barrio y en el orfanato. Los miro y no veo otra historia romántica de pobreza porque acaso ellos ya comenzaron a torcer esa condena que parecía haberles caído de arriba. Los miro y agradezco porque las historias, en algún punto, pueden cambiar para bien. Los miro cada día y me digo: “Si esto no es redención, ¿la redención dónde está?”

* En Saamana, los nombres de los chicos son cambiados para preservar sus identidades.

Si querés colaborar con los chicos de Sunshine Children’s Home, el orfanato en el cual trabajamos como voluntarios, podés escribirnos a david@saamana.org o patri@saamana.org.