Escalas

Muchas son muertas. Pero algunas de las horas que se pasan entre los vuelos de una escala pueden estar llenas de vida.

La fila de abordaje se nos hace larga en Lisboa. El de TAP rumbo al aeropuerto de Domodedovo, Moscú, es el vuelo con menos gente que tomamos en nuestro periplo rumbo a India. Pero el pasado inmediato nos pesa en las espaldas tanto como las mochilas. Atrás quedaron los aeropuertos de Asunción y San Pablo (siete horas de espera). También las casi 12 horas de estadía en la capital portuguesa, por donde pudimos pasear un poco antes de abordar el tramo hacia la capital rusa.

La pregunta en español argentino interrumpe nuestro tedio: “¿Escucharon por qué se retrasó el vuelo?”, nos dice el chico parado justo detrás nuestro. Más tarde, cuando el colectivo nos acerque al Boeing 737, nos dirá que se llama Agustín y que es porteño. También que viaja hacia Siberia y que la “ola de calor” de esta región soviética no le agrada mucho: deberá conformarse con -30° centígrados en lugar de los habituales -45°.

Horas después, vuelo de por medio y mientras caminamos al control de pasaportes y a recoger equipaje, ampliará su biografía y nos hablará de cómo cambió una carrera de ingeniero en petróleo por una vida como guía de montaña, oficio con el que intercala recurrentes viajes por el mundo. Corea del Sur, Rusia, Mongolia, Tailandia, son algunos de los destinos que menciona mientras pienso en qué bueno- y sano para la mente- es a veces animarse a construir la felicidad.

Agustín también escucha nuestros planes en India y comparte sueños que, como los nuestros, tienen que ver con viajes y con ayudar a las personas. Minutos más tarde nos ayudará a nosotros: colaborará para encontrar una esquiva red de Wi Fi en Domodedovo para que podamos contratar un Uber que nos lleve al aeropuerto de Sheremetyevo.

Agustín se aseguró de que hiciéramos el pedido y -con su creciente conocimiento de ruso- nos enseñó que el nombre del chofer se pronuncia Yuri. Tras la despedida, mientras acarreamos las valijas hacia la salida y el frío moscovita (- 7° c y una térmica inferior) agradecemos a Dios por encuentros así.

Yuri es un ruso cincuentón de mirada cálida. Apenas lo conocemos, perecen nuestras esperanzas de comunicarnos fluidamente: su inglés es apenas superior a nuestro ruso (unas dos palabras contra ninguna). Entre el contexto, la aplicacón (Uber) y los gestos, nos arreglamos para comunicarnos, suponemos.

Pero en el camino las cosas no iban a ser tan fáciles. Después de preguntarnos apuntando a la radio si podía poner música, intenta interrogarnos sobre otra cosa que no logramos entender. Tras varios intentos, Patri se percata de que quiere saber si es la primera vez que estamos en Rusia. Y entonces siguen las preguntas que no sabemos contestar.

En medio de la confusión, Yuri llama por teléfono y nos pasa el aparato. Y la conversación en inglés con una interlocutora anónima, lejos de aclarar el panorama, aumenta la duda. Y hasta el miedo.

– Hola, ¿con quién hablo? – pregunto.

– Hola – responde una voz femenina que imagino joven.

– ¿Quién es?

– …

– ¿Quiere explicarme para qué me pasaron el teléfono?

– … (risas).

– ¿Es amiga o algo de Yuri?

– Sí…

– ¿Qué es lo que quiere decirme?

– …

Y otra vez esa risa que para entonces ya lleva mi mente a películas sobre secuestros y cosas por el estilo. Más tarde, Patri me confesará que sus pensamientos eran parecidos.

Yuri toma el teléfono y mediante gestos logra transmitirnos su inquietud: quiere saber si puede desviar un poco el camino para que conozcamos algunos puntos clásicos de Moscú. También mediante numerosos gestos nos aseguramos que el cambio de planes no va a impactar en nuestra tarifa y de que vamos a llegar a tiempo.

El viaje con Yuri se convirtió en una clara muestra de que la amabilidad no siempre necesita de palabras amables (pese a que incluso ensayó un “gracias” en español). El chofer hizo, como pudo, una suerte de tour, apuntándonos los lugares más emblemáticos de la capital rusa. E incluso dejándonos bajar el vidrio (con el frío amenazante de afuera) para que nuestras fotos salieran mejores.

Cuando la ciudad queda atrás y tomamos una autopista que nos conduce a Sheremetyevo, desde donde volaremos a Delhi, pienso en cómo hacían para entenderse en la antigüedad personas que no compartían el idioma. Intuyo que hacer la guerra o seducir a una persona del sexo opuesto sería algo más sencillo. Pero que, en una era previa a la globalización, explicar rutas o detalles sin palabras en común resultaría una tarea titánica.

Sin ir más lejos ¿cómo hubiéramos hecho nosotros para entender a Yuri sin haber oído hablar alguna vez del Kremlin o de la Plaza Roja? Un poco de conocimiento en común, conjugado con la disposición y deseo de ayudar -que en este caso tuvo Yuri- hicieron posible la comunicación.

Yuri nos deja en Sheremetyevo e intenta decirnos algo. De hecho lo dice, aunque solo podemos suponer que fueron buenos deseos para nuestro viaje.

La escala en el segundo aeropuerto que pisamos en Moscú también se extiende más de lo previsto. Y otra vez, el tiempo que pareciera muerto resulta en experiencias y encuentros para el recuerdo.

Aeroflot nos pide que bajemos del avión al cual habíamos subido y que, mientras esperamos un par de horas más en el aeropuerto, reclamemos unos vouchers para canjear por un consumo (luego nos enteraremos de que no eran más que botellas de agua o gaseosa). En esa fila conocemos a Micki, un israelí de ascendencia marroquí que viaja de vacaciones a India y con quien rápido intercambiamos relatos sobre nuestras vidas. Tanto que en pocos minutos estará aguardando el vuelo en la misma mesa que nosotros, él con un café y nosotros con un mate. Él lo probará y agradecerá de inmediato para decir que no desea más. Aprendió muy rápido los códigos del mate.

El embarque nos deparará las últimas esperas y los últimos encuentros del viaje. Rumbo al avión conocemos a Shony, un indio que vive en Pune, donde trabaja como ingeniero en algo vinculado a los motores de las camionetas Eco Sport. En minutos, además, nos cuenta que nació y se crió como cristiano en India, algo poco común que nos aprestamos a vivir.

Shony, el primer indio con quien interactuamos en el viaje, también se muestra amable: consejos turísticos, de supervivencia y la oferta de ayuda en caso de ser necesario (tarjeta de por medio) fueron suficientes para sentirnos bienvenidos en India cuando aún no habíamos pisado su suelo (aunque ya en el Indira Gandhi, el aeropuerto de Delhi, nos daremos cuenta de que no todos los indios son como Shony).

El vuelo de Aeroflot pisa Delhi con cinco horas de retraso. Mientras un taxi nos acerca al hotel en el que vamos a descansar un poco antes de salir hacia Bangalore, el cuerpo hinchado nos recuerda las muchas horas de escalas. La mente, sin embargo, se empecina en señalar gratitud por tantos buenos encuentros.