El grito del cambio

Gritan.

Lo hacen seguros y en su certeza yo empiezo a dudar: “¿qué los motiva a gritar?”.

Los escombros aparecen casi en cada rincón de la vereda. Cuesta caminar un par de metros sin tener que esquivar vestigios de alguna construcción, de alguna cena de días pasados o del sacrificio de la puerta de un templo hindú. La suciedad es reina en Kalkere, el barrio de Bangalore que hace pocos años era una más de las tantas villas indias y en el que hoy conviven los caminos polvorientos, las veredas colmadas de basura y los gigantes complejos de edificios, recientemente erigidos o en proceso de ser levantados. Allí, ellos gritan.

Los chicos, los que ahora se mueven en bloque, conocen bien el barrio. Son unos 50, van a la escuela de Sunshine y hoy -domingo a media mañana, sol radiante, más de 30 grados de temperatura y algunos más de sensación térmica- caminan las callejuelas de Kalkere mientras gritan ese mensaje que me llena de preguntas: “Green, green, go green!”.

La respuesta a ese grito ecológico (“Verde, verde, vamos verde”) podría estar en el acto que ocurrió minutos atrás puertas adentro del campus en el que el colegio y el hogar de Sunshine conviven. Allí, los directivos explicaron que era incompatible creer en un Creador y no cuidar su creación. Pero el paisaje desconcierta, desmotiva; yo me pregunto si no será que gritan en vano, que anhelan lo inalcanzable.


Como casi cada nuevo barrio de Bangalore, Kalkere cuenta con unas pocas calles asfaltadas que ofician de caminos principales de doble mano. Allí se encuentran decenas y decenas de negocios de todo tipo entre casas y edificios. De esas arterias más transitadas se desprenden numerosos caminos secundarios, teñidos de polvo, donde por lo general no se hallan más que casas, pequeñas o grandes, modernas o de lo más precarias.

La procesión de los chicos de Sunshine hace unos pocos pasos por la calle más importante de la zona y se mete rápidamente por uno de los callejones secundarios. Los gritos acompañan: un hombre promueve una consigna o menciona a una persona o a una idea, a lo que el grupo debe responder “Go Green!”. “Bangalore – Go Green!”, “Plant a tree- Go Green!”, “People watching – Go Green!”. Las personas miran, algunas, intuyo, con admiración, otras con curiosidad. Otras con desconcierto. Quizás ellos también piensen que los dichos suenan utópicos.


Para muchos de los habitantes de las villas indias, separar basura es todavía una consigna demasiado nueva. Pese a que el gobierno la promueve, aún hay resistencia o ignorancia.

En algunos asentamientos, los recolectores de basura no llegan. Y en muchos casos, eso deriva en quemas de basura que incluyen elementos tóxicos como plástico.

En otros lugares, como en Kalkere, se suponen pasan cada mañana. Yo los veo pocas veces. Y, aunque los vea, no marcan la diferencia. Las veredas lucen casi siempre iguales. Un contexto en el cual pareciera, recoger un papel no cambiaría la ecuación: sería una mancha más o una menos para una cebra.

Así, caminar las calles en India adquiere muchas veces un sentido literal. Esas veredas, de por sí angostas, atestadas de gente y casi carentes de basureros, no dejan otra opción más que bajar al asfalto y esquivar motos, camionetas, autos. Y, claro, más basura.


Sunshine, un pequeño oasis

En materia de cuidado del medio ambiente, Sunshine está varios pasos por delante del vecindario que lo rodea. Acá, existen tachos para plástico, para residuos orgánicos que pueden usarse como abono o de otro tipo de basura.

Sin embargo, aún en lugares con tanta consciencia ecológica, algunas cosas sorprenden. Como aquellas ocasiones en la que los chicos lanzan una cáscara de banana en cualquier parte del césped o en medio de plantas, porque “es abono”. Una forma ecológica de arruinar el paisaje (incluso luego de que se pasaran horas barriendo hojas).


El caso de Bangalore

Bangalore es conocida en India como la “Ciudad de los Jardines”. Algún turista desprevenido que visite el casco histórico por un par de días y recorra Cubbon Park o el Lal Bagh (el principal jardín botánico), podría llevarse una imagen muy optimista. Sobre todo a la luz de lo que ha ocurrido en los últimos años.

Las décadas recientes significaron para la ciudad un crecimiento vertiginoso. La capital de la industria tecnológica de India pasó de tener 3 millones de habitantes a principios de los 90 a unos 11 millones en 2018. Y alcanza una recorrida por casi cualquier calle de las afueras de Bangalore para entender que el fenómeno no se detiene: complejos de edificios, desde algunos lujosos hasta otros de clase media, se levantan en barrios que hasta hace poco no eran más que algunas casas bajas.

Un crecimiento de este tipo no solo trae cambios culturales y económicos, sino también ambientales. Uno de ellos es la desaparición de numerosos lagos. Para nosotros, argentinos del siglo XXI, es fácil caer en la trampa de Google Maps: para esta aplicación, las referencias de los lagos de Palermo o de la Patagonia son tan celestes como las de los lagos de Bangalore.

Pero nada más lejano a la realidad. Casi todos los antiguos espejos de agua se han convertido en cementerios de hojas y malos olores que suscitan los lamentos de los habitantes locales. “Esta era la ciudad más linda de India”, rememora un nostálgico ciudadano de la capital del estado de Karnataka en uno de los tantos foros que acumulan este tipo de quejas.

Uno de los antiguos lagos de Kalkere.

Alrededor de estos hay nuevas y flamantes construcciones y sus consecuentes desechos. Los recuerdos y pienso si gritar “Go Green!” no será demasiado.

Bangalore, además, es el ejemplo perfecto de lo que la acción del hombre puede hacer con el clima. “La temperatura es de 20 grados todo el año”, nos había advertido Gigi, una amiga argentina que nos precedió en Sunshine hace una década. La realidad, diez años después es otra. En el verano, la sensación térmica coquetea con los 40 grados.


El polvo, que abunda en esta ciudad, tampoco ayuda al cóctel. Las veredas y las calles de Bangalore parecieran estar siempre bajo una capa opaca que le quita vida a los colores. Acá, en la Ciudad de los Jardines, la vista saca fotos sin filtro casi todo el tiempo.

Joseph, un indio que vive hace unos siete años en la ciudad, nos explica que en Bangalore se construyó mucho sin que la ciudad estuviera preparada: “Gran parte de la basura que se ve en la calle es producida al crear nuevos edificios”.

Pero la vista no es el único sentido que carece de descanso al desandar las calles de Bangalore. También el olfato sufre con los olores que emanan de residuos que no cuentan con un tratamiento apropiado.

Esos olores, también, se sienten en Kalkere y a no muchos metros de Sunshine. Esos aromas, invisibles para las fotos, además eluden con facilidad las narraciones escritas: es difícil escribir olores tan nuevos, aquellos para los cuales no hay una comparación adecuada. Y, sin embargo, los paradigmas subjetivistas no aplican: son olores desagradables, sea que uno venga de Oriente u Occidente. Tanto, que la advertencia sobre ellos fue una de las primeras que escuchamos apenas aterrizamos en Bangalore.


Joseph, nuestro amigo que oficia de guía durante nuestra estadía en India, señala que hay una cuestión cultural de fondo: “La mayoría de los indios ve la suciedad y simplemente piensa: ‘no es mi responsabilidad limpiarla’”.

–  Pero ¿no les molesta?

–  Sí. Pero quizás están más acostumbrados – admite en plena ronda de mates.

Otras explicaciones que se le dan a la cuestión de la higiene en India tienen que ver con la religión. Con el concepto hindú de que no importa lo que sale del cuerpo, solo lo que entra. Los que defienden esta tesis hablan de casas con cocinas ordenadas y limpias y baños no tan cuidados. Todavía no atestiguamos un contraste así.


Gritan. Gritan hasta que se cansan, como si ignoraran el desalentador paisaje, o como si el paisaje los hiciera gritar más fuerte. Allá, a unos metros de Sunshine, en plena calle principal del barrio, la imagen de Narendra Modi -el líder ultraconservador que es el Primer Ministro de India desde 2014- que yace en una parada de colectivos, le da la espalda al reclamo. Mire hacia donde mire, en realidad, no puede evitar mirar la basura. No solo porque esta es casi omnipresente en el país que gobierna: también porque la limpieza de India fuede sus promesas fundamentales durante su campaña.

Al poco tiempo de ser electo, en octubre de 2014, Modi lanzó la campaña Swachh Bharat Mission (SBM), el nombre en hindi para Misión India Limpia. Lo hizo con una escoba en mano y con el énfasis en que cada indio debía aportar su grano de arena a partir del compromiso de mantener limpio a su alrededor. También con una promesa de lo más aventurada: dejar India limpia para 2019, año en el que, además de finalizar su mandato, se cumplirá el 150° aniversario del nacimiento de Mahatma Ghandi. Yo leo esa promesa, miro a la calle en marzo de 2018 y recuerdo a Carlos Saúl Menem, el presidente argentino que en 1996 habló de un próximo sistema de vuelos espaciales que permitirían conectar al país con Japón en un par de horas, luego de haber remontado hasta la estratosfera.


El día en el cual se lanzó la campaña, Modi apareció con una escoba, y junto a funcionarios y montones de alumnos, barrió las calles de un barrio pobre de New Delhi. El mensaje que se encargó de recalcar en lo que va de su mandato quedó claro aquel día: limpiar India, aunque fuera una promesa de gobierno, era una tarea de cada indio.

Tres años más tarde, el 2 de octubre de 2017, Modi volvió a enfatizar la necesidad de colaboración (o a escudarse en la falta de ella):

“No podemos alcanzar el objetivo de una ‘India Limpia’ incluso si mil Mahatma Gandhis, 100 mil Narendra Modis, ministros y todos los gobernadores vienen juntos. Lo podemos lograr solo cuando todos los 1.250 millones de indios vengan juntos”.

Fue una declaración que despertó críticas: se lo acusa de lavarse las manos. “No, Primer Ministro, ninguno de nuestros ríos puede ser curado si cada indio sale con una escoba cada día. Limpiar nuestros ríos es un trabajo del gobierno. Necesitamos voluntad política”, se lee en un sitio que critica con dureza al mandatario.

Pero no todas son opiniones negativas para el líder del Bharatiya Janata Party (BJP), o Partido Popular Indio, el partido que gobierna la mayoría de los estados del país. Hay quienes sostienen que se ha avanzado mucho en tal empresa. Algunas estadísticas de seguidores del oficialismo hablan de que en mayo de 2014, cuando Modi se convirtió en el primer ministro, solo el 42% de los indios tenía acceso a baños limpios, pero que esa cifra, en poco más de tres años, se convirtió en un 63%.

Modi también dijo, a la hora de impulsar la limpieza del país, que una India más limpia sería el mejor homenaje para Gandhi, quien añoraba un objetivo así.

Joseph, admite que es innegable el trasfondo cultural que lleva a muchos ciudadanos a no comprometerse con la limpieza de su país, pero remarca que las estadísticas y los argumentos en pro de la campaña de saneamiento son dudosos.

 

Voces a favor y en contra. La historia me resulta familiar.


Mientras se suceden las discusiones políticas, las calles siguen hospedando basura, y olores y vacas sueltas y peatones que ya no encuentran lugar en la vereda. Y en medio de todo eso, ellos gritan.

Yo dudo que ellos -muchos de los cuales son cristianos, minoría perseguida por el oficialismo- simpaticen con Modi. Pero, al menos, parece que quieren homenajear a Gandhi.

“Go Green”.

Gritan otra vez. Y yo pienso que, acaso, intentan ser el cambio que quieren ver en el mundo.

“La voz interior me dice que siga combatiendo contra el mundo entero, aunque me encuentre solo. Me dice que no tema a este mundo sino que avance llevando en mí nada más que el temor a Dios.”

Mahatma Gandhi.

Si querés colaborar con los chicos de Sunshine Children’s Home, el orfanato en el cual trabajamos como voluntarios, podés escribirnos a david@saamana.org o patri@saamana.org.